
Queridos fraggle:
Ahora que empieza a salir el sol en Oxford mis hormonas se han disparado; no sé si es un efecto secundario de los antihistamínicos o algo propio de la primavera, pero el caso es que he decidido desplegar todos mis encantos. Os podéis imaginar los resultados. El otro día, en una cena, estuve toda la noche hablando con una chica japonesa, pero conforme la conversación avanzaba, mis instintos más primitivos se iban evaporando. Me atraen las chicas particulares, creo que eso es de sobra sabido, pero aquello me superó. Empezó con la broma de que sabía leer la mano, lo cual no deja de tener su gracia. Pero después de un rato, me confesó que tenía una obsesión. Es una fanática de la ópera. Me explicó que en Tokyo se hacen 2 óperas al año y para ella ese es el día más importante del año, por lo que tiene que ser perfecto. Yo pensaba que eso de la ópera era ir a un teatro a escuchar durante tres horas a tíos dando alaridos disfrazados de dioses germanos, pero qué va. Para ella, hay que reservar una habitación de hotel (sí, da igual que el espectáculo sea en el mismo lugar en el que vives). Hay que pasarse el día haciéndose la manicura, arreglándose el pelo y dios sabe qué más. Hay que ponerse el vestido más elegante. Hay que escuchar a los tíos dando alaridos. Hay que volver al hotel, y hay que saborear el recuerdo del numerito durante un desayuno fastuoso en la cama del hotel a la mañana siguiente. Una relación así sólo puede hacer que acabe con frac, monóculo y un fino bigote engominado, y por ahora prefiero seguir con mis camisetas raídas.
No desesperé. El otro día lo intenté con otra chica. Una chica mona, agradable, con una expresión un tanto ausente que la hacía más interesante aún. Creo que con ella tuve poco tacto. Cuando me dijo que estudiaba galaxias me eché a reír. Llevo años preocupado por si los amuletos contra el mal de ojo tienen variantes o no en las provincias del occidente del imperio romano entre los siglos I y II d.C., y me encuentro con alguien que se dedica a estudiar el cosmos. No entendió mi carcajada, y tampoco habría entendido nada si le hubiera intentado explicar lo ridículo que me había parecido mi trabajo de repente así que, por una vez, preferí callarme y no pedirle que me enseñara las constelaciones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario