Ayer me encontré en medio de una de esas situaciones en las que sabes que te encuentras en Roma y no en otro sitio del mundo. No por que Roma sea la única ciudad del mundo en la que se respira realismo mágico –al fin y al cabo fueron los escritores hispanoamericanos los que inventaron ese género literario y no los italianos. Hay muchas ciudades en las que a uno le puede ocurrir de todo, ¿o no es realismo mágico que una vietnamita me preparara una tortilla de patatas y un gazpacho en Almaty, Kazajistán? No; una historia de realismo mágico romano tiene que tener cierto aroma glamouroso, algo de arte y un barniz de decadencia.
Anoche me invitaron a una cena en el barrio de Monti, ese epicentro de la joven gauche-caviar italiana en donde yo vivía hace unos años. Quien me invitó fue uno de esos apátridas que van a parar a Roma y acaban narcotizados por su sensualidad. Se trata de un británico que lleva más de 15 años en la ciudad; 15 años con la maleta como armario; 15 años de lenta descomposición cultural, hasta encontrarse en un punto en el que no se siente inglés pero nadie le reconoce como romano. Hizo el doctorado en Francia y acabó su tesis en l'École française, ese templo del saber sin papel higiénico en el retrete. Con la tesis publicada en la colección de l'École, se encontró con que no tenía a dónde ir. Así que se puso a escribir una novela que recuerda a Boris Vian. Y si no fuera por que me abrió la puerta de la casa en una raída camisa de tirantes y con una fina cadena de oro al cuello, él mismo podría ser un personaje de l'écume des jours. Su novela no es cualquier cosa, es un "libro-musical": compone para cada capítulo una pieza que se debe escuchar a la vez que se lee. Y el final de la velada terminó en torno a su "pianocktail", escuchando todos ...
Pero eso fue el final de la velada. Y antes de escuchar la melodía embriagado por el olor a jazmín que entraba de la terraza (y por la botella de vino que la panda de luteranos que me acompañaba no era capaz de acabarse) hay que pasar el umbral de la casa, conocer a los otros invitados y comerse los gnocchi.
La casa merecería un capítulo aparte. Aquello era una oda de mal gusto al horror vacui. El propietario era un viejo historiador del arte inglés de unos 85 años que había decidido comprimir toda su colección de lienzos, imitaciones a pincel gordo de pintura barroca con marcos sacados del palacio de Aranjuez, en aquel cuarto piso de una estrecha calle en el centro de Roma. Las madonnas invadían hasta la cocina, y era especialmente incómodo el angelote de madera que había que apartar para tirar de la cadena del retrete. Pero la terraza era una maravilla, con esa exuberancia vegetal tan característica de Roma y esas esculturas de piedra que, aunque presuntuosas, le daban un toque de gracia al sitio.
Los otros invitados eran un californiano que había decidido venir a vivir a Roma para (también) escribir una novela, y otro inglés que estaba haciendo la tesis sobre la ciudad en los años 30. Del yanki, aunque también tiene lo suyo, no voy a hablar por no alargarme más aún, pero sí que merece la pena que me detenga en el otro inglés. El chaval estaba, como todos los ingleses, a medio camino entre la gracia y el cretinismo: lo mínimo que se puede hacer con una persona que se reconoce como "gentleman" es preguntarle si continúa parando a las 5 para tomar té o si, además del bombín, también ha perdido esa costumbre. Lo que sí que resultó maravilloso fue que nos enseñara un cuadro, verdadero este sí, del siglo XVI que tenía guardado en una caja especial. Al parecer, un conocido se lo había enviado desde Inglaterra para que se lo llevara a un especialista que pudiera datarlo y asociarlo a algún artista o escuela. Y resulta que aquel retrato era de una escuela italiana de mediados del XVI. Una verdadera obra de arte que aún resaltaba más rodeada de aquellos cuadros horrorosos que adornaban la habitación.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Fantástica aventura Antón. Igual si tratas de escribir en otro idioma (por ejemplo castellano común)donde las frases subordinadas abunden menos tus textos serán todavía mejores. Me puedo imaginar tus gafitas colgadas del cordocillo ese...
ResponderEliminarUn abrazo
¿De que te quejas Antón? . Si Dios os cría y vosotros solitos os juntais.
ResponderEliminar¿Te has preguntado alguna vez que pensarán de tí esos personajazos?
Yo sí . Investigando encontré el Blog del gentilman inglés. En él habla de una cena estrambótica a la que asistía un doctor español de tez cobriza y barbas desarapadas, como recien salido de la serranía de Antequera. Un tipo, dice, más parecido a un fauno libinidoso, un deprevado dedicado a la magia más sucia y al estudio de pollas erectas en la antigüedad clásica. Termina diciendo que en L´École eras temido por tus orgias de amor propio en el baño, donde terminabas con todo el papel. Y añade que en la cena no parabas de comer "ñoquis" como un cerdo.
¿que hay de cierto en todo esto?
Pd. Añade notas a píe de página, yo también me pierdo.Lo siento pero no alcanzo a tantas referencias: modernas, posmodernas, clásicas, y de todos los colores. Y mira que lo intento: leo el dominical del Pais para estar al día, ojeo la colección Taschen para tener un conocimiento superficial del arte y en cuanto atisbo una conversación un poco cool pego la oreja.Pero lo siento, no llego.
MIKIPITAN
Buenísimos, me estáis alegrando el enésimo día gris de esta semana en París.
ResponderEliminarNo doy crédito. Llevo años adoctrinándoos, años soltándoos las mismas paridas, años metiendo las mismas citas para ver si al menos os las aprendéis de carrerilla, y aún me pedís que os meta citas a pie de página, ¡existiendo la wikipedia! Además, no sois justos, yo me he aprendido donde está el cuádriceps y ya no cometo el error de buscar la cremallera del pantalón del chandal para no ponérmelo al revés. He aprendido a distinguir una broca del 4 de una del 7, y a que el tapa-poros no se bebe. ¡A ver cuándo os dejáis enseñar geografía, literatura e historia! Además, preparaos porque el año que viene me voy probablemente a Chicago. Ya os podéis empezar a estudiar la enciclopedia del jazz y las dinastías de gángsters de los años 40.
ResponderEliminarEs cierto Antón, la ignorancia sigue siendo lo más atrevido de este mundo y para muestra un botón. Sólo un tío como tú es capaz de transmitir la importancia de las cosas fundamentales de esta vida. Como por ejemplo aquella ideaca de llevar un chándal de hijo de la Celsa en la mochila para cruzar Asia en un 4 latas. Solo tú sabias que os iban a robar todo menos eso. Espero que algún día de estos esa foto caiga en mi disco duro y pueda hacer click en cambiar nombre y llamar al archivo "chandaldeyonkiybarboncha.jpg".
ResponderEliminarQue grande eres Antón, me muero por una nueva proyección, aunque sea online, de cualquiera de estos viajes en los que adquieres tantos saberes.
Un abrazo