jueves, 10 de junio de 2010

Nel cuore di Roma

Ayer me encontré en medio de una de esas situaciones en las que sabes que te encuentras en Roma y no en otro sitio del mundo. No por que Roma sea la única ciudad del mundo en la que se respira realismo mágico –al fin y al cabo fueron los escritores hispanoamericanos los que inventaron ese género literario y no los italianos. Hay muchas ciudades en las que a uno le puede ocurrir de todo, ¿o no es realismo mágico que una vietnamita me preparara una tortilla de patatas y un gazpacho en Almaty, Kazajistán? No; una historia de realismo mágico romano tiene que tener cierto aroma glamouroso, algo de arte y un barniz de decadencia.
Anoche me invitaron a una cena en el barrio de Monti, ese epicentro de la joven gauche-caviar italiana en donde yo vivía hace unos años. Quien me invitó fue uno de esos apátridas que van a parar a Roma y acaban narcotizados por su sensualidad. Se trata de un británico que lleva más de 15 años en la ciudad; 15 años con la maleta como armario; 15 años de lenta descomposición cultural, hasta encontrarse en un punto en el que no se siente inglés pero nadie le reconoce como romano. Hizo el doctorado en Francia y acabó su tesis en l'École française, ese templo del saber sin papel higiénico en el retrete. Con la tesis publicada en la colección de l'École, se encontró con que no tenía a dónde ir. Así que se puso a escribir una novela que recuerda a Boris Vian. Y si no fuera por que me abrió la puerta de la casa en una raída camisa de tirantes y con una fina cadena de oro al cuello, él mismo podría ser un personaje de l'écume des jours. Su novela no es cualquier cosa, es un "libro-musical": compone para cada capítulo una pieza que se debe escuchar a la vez que se lee. Y el final de la velada terminó en torno a su "pianocktail", escuchando todos ...
Pero eso fue el final de la velada. Y antes de escuchar la melodía embriagado por el olor a jazmín que entraba de la terraza (y por la botella de vino que la panda de luteranos que me acompañaba no era capaz de acabarse) hay que pasar el umbral de la casa, conocer a los otros invitados y comerse los gnocchi.
La casa merecería un capítulo aparte. Aquello era una oda de mal gusto al horror vacui. El propietario era un viejo historiador del arte inglés de unos 85 años que había decidido comprimir toda su colección de lienzos, imitaciones a pincel gordo de pintura barroca con marcos sacados del palacio de Aranjuez, en aquel cuarto piso de una estrecha calle en el centro de Roma. Las madonnas invadían hasta la cocina, y era especialmente incómodo el angelote de madera que había que apartar para tirar de la cadena del retrete. Pero la terraza era una maravilla, con esa exuberancia vegetal tan característica de Roma y esas esculturas de piedra que, aunque presuntuosas, le daban un toque de gracia al sitio.
Los otros invitados eran un californiano que había decidido venir a vivir a Roma para (también) escribir una novela, y otro inglés que estaba haciendo la tesis sobre la ciudad en los años 30. Del yanki, aunque también tiene lo suyo, no voy a hablar por no alargarme más aún, pero sí que merece la pena que me detenga en el otro inglés. El chaval estaba, como todos los ingleses, a medio camino entre la gracia y el cretinismo: lo mínimo que se puede hacer con una persona que se reconoce como "gentleman" es preguntarle si continúa parando a las 5 para tomar té o si, además del bombín, también ha perdido esa costumbre. Lo que sí que resultó maravilloso fue que nos enseñara un cuadro, verdadero este sí, del siglo XVI que tenía guardado en una caja especial. Al parecer, un conocido se lo había enviado desde Inglaterra para que se lo llevara a un especialista que pudiera datarlo y asociarlo a algún artista o escuela. Y resulta que aquel retrato era de una escuela italiana de mediados del XVI. Una verdadera obra de arte que aún resaltaba más rodeada de aquellos cuadros horrorosos que adornaban la habitación.