
Queridios fraggle:
La biblioteca no cambia. Ni sus moradores. Pueden cambiar sus caras pero a mí no me engañan, siempre son los mismos. Son igualitos, igualitos a los dictadores cuasi-humanos del libro de George Orwell Rebelión en la Granja.
Ayer estaba concentrado en mis lecturas hasta que llegó alguien al asiento de enfrente. Como he interiorizado a lo largo de mi educación universitaria, me olvidé completamente del estudio para ver quién me había tocado al lado. El juego es sencillo: si no vale la pena, te vuelves a sumergir en el estudio pero si, por suerte, te toca alguien interesante...¡batalla de miraditas! De nuevo, si después de un cuarto de hora, no te hace ni caso, de vuelta al estudio, pero si hay respuesta, puede que caiga un piti en la puerta de la biblioteca para conocerse, un café en el bar de al lado, lo que sea. Para facilitar este momento yo he desarrollado la técnica de plantar un libro de Cortázar o de García Márquez sobre las oscuras lecturas de Weber y de Bourdieu. Así, con este pequeño anzuelo, siempre podemos comentar lo bonito que sería perseguirse por las calles de París o lo poético que es enamorarse en un barco que no puede atracar en ningún puerto porque lleva la bandera del cólera (lo que no menciono, claro, es que me parece una gilipollez, porque uno de los síntomas del cólera es la disfunción sexual).
Mi fantasía duró sólo esas milésimas de segundo que pasan entre que apartas la mirada del libro y la focalizas en tu nuevo objetivo porque, en cuanto ví lo que se me sentó delante, mi cerebro decidió con contundencia que Weber era mucho más interesante. Casi me desnuco con la velocidad a la que agaché la cabeza. Nunca había tardado tan poco tiempo en recuperar la concentración.
Un eructito gutural que le hizo temblar la papada le dio la razón a mis neurotransmisores. Pero la cosa no quedó ahí: al poco rato, empecé a escuchar un click, click, click, seco y acompasado, y acto seguido un pequeño proyectil me golpeó la frente. Al volver a alzar la vista, me encontré que aquella representante de la alta intelectualidad británica estaba haciendo volar sus excrecencias corporales por todas partes con su corta-uñas mientras leía impertérrita a Cicerón. Miré alrededor para ver si había alguien tan escandalizado como yo, pero lo único que encontré fue una sonrisa que dejaba asomar unos dientes grisáceos y la manga de una camisa con un surco amarillento en las axilas que se extendía para mover la silla que tenía a mi lado.
Cuando volví a bajar la mirada, las hojas de mi libro se habían marchitado.