sábado, 24 de julio de 2010

La biblioteca no cambia


Queridios fraggle:

La biblioteca no cambia. Ni sus moradores. Pueden cambiar sus caras pero a mí no me engañan, siempre son los mismos. Son igualitos, igualitos a los dictadores cuasi-humanos del libro de George Orwell Rebelión en la Granja.

Ayer estaba concentrado en mis lecturas hasta que llegó alguien al asiento de enfrente. Como he interiorizado a lo largo de mi educación universitaria, me olvidé completamente del estudio para ver quién me había tocado al lado. El juego es sencillo: si no vale la pena, te vuelves a sumergir en el estudio pero si, por suerte, te toca alguien interesante...¡batalla de miraditas! De nuevo, si después de un cuarto de hora, no te hace ni caso, de vuelta al estudio, pero si hay respuesta, puede que caiga un piti en la puerta de la biblioteca para conocerse, un café en el bar de al lado, lo que sea. Para facilitar este momento yo he desarrollado la técnica de plantar un libro de Cortázar o de García Márquez sobre las oscuras lecturas de Weber y de Bourdieu. Así, con este pequeño anzuelo, siempre podemos comentar lo bonito que sería perseguirse por las calles de París o lo poético que es enamorarse en un barco que no puede atracar en ningún puerto porque lleva la bandera del cólera (lo que no menciono, claro, es que me parece una gilipollez, porque uno de los síntomas del cólera es la disfunción sexual).

Mi fantasía duró sólo esas milésimas de segundo que pasan entre que apartas la mirada del libro y la focalizas en tu nuevo objetivo porque, en cuanto ví lo que se me sentó delante, mi cerebro decidió con contundencia que Weber era mucho más interesante. Casi me desnuco con la velocidad a la que agaché la cabeza. Nunca había tardado tan poco tiempo en recuperar la concentración.

Un eructito gutural que le hizo temblar la papada le dio la razón a mis neurotransmisores. Pero la cosa no quedó ahí: al poco rato, empecé a escuchar un click, click, click, seco y acompasado, y acto seguido un pequeño proyectil me golpeó la frente. Al volver a alzar la vista, me encontré que aquella representante de la alta intelectualidad británica estaba haciendo volar sus excrecencias corporales por todas partes con su corta-uñas mientras leía impertérrita a Cicerón. Miré alrededor para ver si había alguien tan escandalizado como yo, pero lo único que encontré fue una sonrisa que dejaba asomar unos dientes grisáceos y la manga de una camisa con un surco amarillento en las axilas que se extendía para mover la silla que tenía a mi lado.

Cuando volví a bajar la mirada, las hojas de mi libro se habían marchitado.

jueves, 10 de junio de 2010

Nel cuore di Roma

Ayer me encontré en medio de una de esas situaciones en las que sabes que te encuentras en Roma y no en otro sitio del mundo. No por que Roma sea la única ciudad del mundo en la que se respira realismo mágico –al fin y al cabo fueron los escritores hispanoamericanos los que inventaron ese género literario y no los italianos. Hay muchas ciudades en las que a uno le puede ocurrir de todo, ¿o no es realismo mágico que una vietnamita me preparara una tortilla de patatas y un gazpacho en Almaty, Kazajistán? No; una historia de realismo mágico romano tiene que tener cierto aroma glamouroso, algo de arte y un barniz de decadencia.
Anoche me invitaron a una cena en el barrio de Monti, ese epicentro de la joven gauche-caviar italiana en donde yo vivía hace unos años. Quien me invitó fue uno de esos apátridas que van a parar a Roma y acaban narcotizados por su sensualidad. Se trata de un británico que lleva más de 15 años en la ciudad; 15 años con la maleta como armario; 15 años de lenta descomposición cultural, hasta encontrarse en un punto en el que no se siente inglés pero nadie le reconoce como romano. Hizo el doctorado en Francia y acabó su tesis en l'École française, ese templo del saber sin papel higiénico en el retrete. Con la tesis publicada en la colección de l'École, se encontró con que no tenía a dónde ir. Así que se puso a escribir una novela que recuerda a Boris Vian. Y si no fuera por que me abrió la puerta de la casa en una raída camisa de tirantes y con una fina cadena de oro al cuello, él mismo podría ser un personaje de l'écume des jours. Su novela no es cualquier cosa, es un "libro-musical": compone para cada capítulo una pieza que se debe escuchar a la vez que se lee. Y el final de la velada terminó en torno a su "pianocktail", escuchando todos ...
Pero eso fue el final de la velada. Y antes de escuchar la melodía embriagado por el olor a jazmín que entraba de la terraza (y por la botella de vino que la panda de luteranos que me acompañaba no era capaz de acabarse) hay que pasar el umbral de la casa, conocer a los otros invitados y comerse los gnocchi.
La casa merecería un capítulo aparte. Aquello era una oda de mal gusto al horror vacui. El propietario era un viejo historiador del arte inglés de unos 85 años que había decidido comprimir toda su colección de lienzos, imitaciones a pincel gordo de pintura barroca con marcos sacados del palacio de Aranjuez, en aquel cuarto piso de una estrecha calle en el centro de Roma. Las madonnas invadían hasta la cocina, y era especialmente incómodo el angelote de madera que había que apartar para tirar de la cadena del retrete. Pero la terraza era una maravilla, con esa exuberancia vegetal tan característica de Roma y esas esculturas de piedra que, aunque presuntuosas, le daban un toque de gracia al sitio.
Los otros invitados eran un californiano que había decidido venir a vivir a Roma para (también) escribir una novela, y otro inglés que estaba haciendo la tesis sobre la ciudad en los años 30. Del yanki, aunque también tiene lo suyo, no voy a hablar por no alargarme más aún, pero sí que merece la pena que me detenga en el otro inglés. El chaval estaba, como todos los ingleses, a medio camino entre la gracia y el cretinismo: lo mínimo que se puede hacer con una persona que se reconoce como "gentleman" es preguntarle si continúa parando a las 5 para tomar té o si, además del bombín, también ha perdido esa costumbre. Lo que sí que resultó maravilloso fue que nos enseñara un cuadro, verdadero este sí, del siglo XVI que tenía guardado en una caja especial. Al parecer, un conocido se lo había enviado desde Inglaterra para que se lo llevara a un especialista que pudiera datarlo y asociarlo a algún artista o escuela. Y resulta que aquel retrato era de una escuela italiana de mediados del XVI. Una verdadera obra de arte que aún resaltaba más rodeada de aquellos cuadros horrorosos que adornaban la habitación.